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sábado, 17 de julio de 2010

Cuchicheos al amanecer

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Desperté un poquito más aletargada que otras mañanas. ¡Qué alivio! Las cucarachas que soñé por la noche no estaban ahí. Me puse de pie y sentí un ligero mareo. Caminé a duras penas hacia el baño y desde la puerta vi algo que me despertó por completo: más de veinte cucarachas bajo la regadera, como haciendo un semicírculo, hablando de quién sabe qué. Entré, e hicieron silencio. Yo hice como que no las veía. Ellas apenas se movieron, como si yo no les importara. Me lavé los dientes mirándolas de reojo, me sequé las manos en una toalla que igual que el día anterior, estaba húmeda. Por qué no habré comprado un insecticida ayer en el súper. Salí ignorándolas por completo, pero apenas cerré la puerta tras de mí le pegué el oído y ¡Sí! Las cucarachas cuchicheaban otra vez. —¡Vieron que no la soñé! —Dijo una. —¿De dónde habrá salido? —Yo les dije que había humanos por aquí  —le contestó otra—. Pero no se preocupen, conozco un humanicida lento pero seguro, de uso tópico. Lo derramé ayer sobre la toalla de manos.

domingo, 20 de junio de 2010

Justo a tiempo



—Te voy a matar —dijo Jacinto; giró sobre sí mismo y recorrió el gran círculo que abarcaba casi toda la habitación buscando algo con qué golpear a Susy. La mujer, que adivinó el movimiento, supo que la expresión vidriosa, sanguinaria y a la vez recelosa de Jacinto indicaba que no era una broma, que realmente se disponía a matarla. Habían llegado al final del camino. Encontró una tijera sobre la cómoda, la aferró con la mano derecha y enfrentó a su esposo jadeando. Él consiguió un florero estirando el brazo izquierdo con un movimiento salvaje, perturbador... En ese mismo momento se abrió la puerta del ropero. René, el andrógino bisexual, amante de Jacinto y Susy, salió empuñando una pistola en miniatura, tan diminuta que parecía uno de esos cuernitos que venden en las panaderías. No dijo nada. Simplemente disparó. Estaba harto, o harta, de ambos. Jacinto no llegó a ver la muerte de Susy. Susy, en cambio, llegó a tiempo para evitar que el florero se hiciera añicos contra las cerámicas del piso. Era un Ming, auténtico, pueden creer lo que les digo.

jueves, 10 de junio de 2010

Tiempos modernos

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—Madre, todas mis amigas del colegio tienen ya una. Van rápido, tardan poco en llegar y pueden dormir hasta más tarde.
—Ya te he dicho muchas veces que esos potentes vehículos motorizados nunca me han gustado. ¿Cuántas de tus compañeras no habrán tenido ya un percance por ir subidas en esos cacharros?
—Pero hay que ir con los tiempos. Te prometo que no me compraría una demasiado grande. Si no me dejas tenerla, me obligas a ir a la escuela en algo que va más despacio que un patinete. Todas mis compañeras me adelantan por el camino y se ríen de verme con ese artilugio anticuado.
—Pues hija, vas a tener que conformarte. Así que coge tu escoba y ve volando a clase, que se te hace tarde. Y si las madres de tus amigas les han comprado esas aspiradoras modernas, algún día se lamentarán cuando tengan un accidente grave.

Imagen: Madre e hija (Carl Larsson)

jueves, 27 de mayo de 2010

Vacíos

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El bosque está lleno de árboles que sólo una vez al año podría decirse que están llenos de hojas, aunque sólo la mitad (no exactamente) de ellos se llena de frutos. Ningún árbol se llena de pájaros, tampoco las cabezas de las personas ni los cables de electricidad. Las cabezas a veces sí se llenan de personas y los cables tal vez se llenen de electricidad, pero yo de esas cosas de física sé muy poquitito.

Lo que sí sé es que, como el bosque está lleno de árboles desiste de ingerir niños pequeños con todo y carreolas. ¿Pero quién puede asegurar que no ha dejado “un huequito” para un bocado más, por lo menos? Ese libro que leerás en la noche, ¿Está lleno de los bosques que han sido devorados para hacer el papel, y contar historias? “No hay nada más noble que un libro”, piensas, y de pronto, al pasar la página, se abre frente a ti una enorme boca como de…bosque.

martes, 11 de mayo de 2010

Flores

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Se encontraron, como era habitual a esas horas, en el parque, cerca del pequeño lago.
—Tengo un regalo para ti —le indicó él haciendo uso de un lenguaje que a ambos les era bien conocido.
—¡Qué sorpresa! —exclamó ella—. ¿Un regalo? ¿Y a qué se debe?
—Hoy hace tres semanas que te conocí. Sígueme.
Él se movió inquieto, mostrándole el camino. Unos minutos después pasaban por delante de su hogar.
—No, aún no es aquí —dijo, mientras continuaba, agitado, indicándole el camino.
Poco más tarde llegaron al lugar. Él, orgulloso, le mostró su regalo. Una docena de hermosas flores amarillas, rojizas y anaranjadas. Ella, emocionada y nerviosa, se acercó a una y aspiró su aroma.
—Un regalo delicioso —aseguró.
Y entonces, sumergiendo su trompa en lo más profundo de la flor, comenzó a libarla.  Ese era, sin duda, el mejor regalo que le habían hecho nunca.

lunes, 26 de abril de 2010

El acompañante

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El viejo marinero se está convirtiendo en una incómoda compañía.
A la gente le resulta llamativo. A todos les hace sentir curiosidad verme envuelto en humo cuando transito por las calles. Los niños me señalan y los padres miran con sorpresa.
Algunos se giran cuando estoy a sus espaldas. Parece gustarles el olor a tabaco de pipa, que es un olor atractivo para muchas personas, incluso las no fumadoras. Sin embargo, esto me impide entrar con él en la mayoría de los lugares públicos.
Lo peor de todo son las quemaduras. Algunas, de segundo y tercer grado. Y eso resulta doloroso, aunque digan que a todo acaba uno por acostumbrarse...
Pienso que cuando el grabador me hizo el tatuaje del viejo marinero en el hombro, al menos debió avisarme de que fumaba en pipa.

Imagen de la galería de Joaquín Puch en PicasaWeb. 
Autor de la obra: Javier Lerma.

sábado, 10 de abril de 2010

Número de suerte



Era el día ocho de agosto de 1988. A las ocho y ocho de la mañana, Octavio leía la página ocho del diario. Había tomado ya ocho tazas de café y podía sentir esa ansia correrle por la sangre. Hoy se cumplían ocho años desde que contrajo matrimonio con Otilia. El día no le podía ser más propicio.

―Cariño, me siento con suerte. Iré a las carreras de caballos y le apostaré todos nuestros ahorros a Octagon, el caballo más prometedor de la octava carrera.

Ella, apacible, le dio un beso en la frente. Y así, sin más, partió él, con una sonrisa a flor de labios y la esperanza tatuada en los ojos.

Pasaron las horas y, a las ocho de la noche, volvió Octavio a casa.

―¿Cómo te fue? ―preguntó ella, llena de afán por escuchar las buenas nuevas― ¿Hemos ganado? ¿En qué lugar llegó Octagon?

Él, sin levantar la mirada, sólo alcanzó a decir.

―Llegó octavo.

Imagen: Horse Race by sb

martes, 9 de marzo de 2010

Fractal



A Oriana Pickmann

El libro se titulaba Fractal. Del escritor no me acuerdo, para mí era y sigue siendo un desconocido. Estaba en la sección de novela, entre todos los demás libros de ese género, en uno de los pasillos de la Biblioteca Nacional.
Me llamó la atención su cubierta nueva, brillante, como si ninguna mano lo hubiera tocado, como si nadie lo hubiera abierto siquiera para ojearlo.
Cuando lo miraba y estaba a punto de cogerlo, el libro me habló:
—Te voy a contar mi historia —me dijo—. Mi historia es que soy el único libro de esta biblioteca que jamás ha leído nadie.
Obviamente no le contesté, porque ya me parecía suficientemente absurda la situación. Pero lo tomé del estante y lo llevé a una mesa de lectura, con gran curiosidad. La biblioteca cerraba en una hora, así que tendría que apresurarme.
Cuando terminé de leerlo, vi que el libro no me había mentido. Contaba la historia de un libro de autor desconocido, que estaba en la sección de novela, entre los demás libros de ese género, en uno de los pasillos de la Biblioteca Nacional, y que nunca nadie había leído.

Fotografía: Biblioteca Nacional. Madrid.

domingo, 10 de enero de 2010

Aprendizaje

A Oscar le enseñamos a hablar. Primero aprendió a nombrar a las personas de la casa. Luego, a reconocer objetos humanos como las llaves, el móvil o una cuchara. Mas adelante obedecía órdenes sencillas. Finalmente, en un alarde de inteligencia aprendió a reconocer y nombrar los principales colores: el rojo, el verde y el azul. Todo ello conllevó un enorme esfuerzo y muchas horas de ensayo. Oscar se aplicaba verdaderamente en recordar y repetía a conciencia las palabras sin descanso noche y día.
Al principio era digno de admiración para los visitantes de la casa. Con el tiempo, su diminuto cerebro comenzó a enredar las cosas. A Luisa la llamaba "azul”, a las llaves “Miguel” o al verde el “móvil”. Sus frases se hacían cada vez más surrealistas. Decía “Brrrr. Azul. Azul. Brrr.Ya está aquí azul. Hola Azul” y cosas por el estilo.
Gracias a Oscar aprendí a darme cuenta lo que cuesta aprender cualquier cosa en esta vida y también que nada te garantiza que lo que hayas aprendido te vaya a servir para algo. Ah, lo olvidaba: Oscar es mi periquito.

domingo, 29 de noviembre de 2009

No pudo ser

Todo esfuerzo fue en vano. Aquel inesperado e insignificante montículo de arena dejado por la rodada se antojaba una montaña para él. Un instinto animal lo empujaba a cruzar el carril bajo el implacable sol del mediodía pero cuando casi conseguía alcanzar un mínimo ascenso, su peso lo hacía caer rodando una y otra vez, aferrándose inútilmente a la resbaladiza arena y haciendo que el montículo fuera perdiendo altura a cada intento. A priori se le allanaba el camino, pero sus fuerzas estaban al límite ya que tenía que invertir un sobrehumano esfuerzo en voltearse sobre sus quitinosas extremidades cada vez que se desplomaba. Ya casi lo había logrado. Tanto esfuerzo y tanta arena desmoronada había hecho desaparecer prácticamente el montículo. Sólo tenía que salvar unos miserables y despejados treinta centímetros de arena para alcanzar la gloria del otro lado. El mismo vehículo que había formado el montículo pasaba de vuelta. No pudo ser.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Sonata fantasmal




Ya no podía soportar más la sonata número 11 de Mozart.
Durante el día yo la ensayaba en el salón de casa, porque tenía que preparar el examen de sexto grado para el Conservatorio. Cuando terminaba, dejaba la partitura sobre el piano, y así estaba preparada para el día siguiente, porque durante ese tiempo no practicaba ninguna otra pieza.
Todo iba bien hasta que el fantasma del abuelo empezó a aparecerse por las noches. Se sentaba en la banqueta del piano e interpretaba la sonata durante horas. Al principio no podía dormir, y aunque con el tiempo conseguí hacerlo a duras penas, los arpegios en La Mayor de la sonata parecían ya embutidos en mi cerebro. El último movimiento, la Marcha Turca, me despertaba sobresaltado si es que antes no lo habían hecho el andante o el minueto.
Así que tuve que tomar una determinación. Y ésta fue tan simple como retirar la partitura una vez que acababa mis ensayos, y guardarla en un armario. Naturalmente, dormía con la llave bien protegida.
Durante unos días mi hogar volvió a la normalidad y pude dormir tranquilo por las noches. Pero al poco tiempo los problemas volvieron. Y aún peor: se agravaron. Ante la ausencia de partituras, el fantasma del abuelo se ha dedicado desde entonces a ejecutar disparatadas improvisaciones.

domingo, 18 de octubre de 2009

La modelo



—¿Le pongo algo de postre, señora? —preguntó el camarero esperando que la respuesta fuera "no". Tras  los entrantes fríos, el pudding y el cochinillo asado acompañado de berzas braseadas, no podía pensar que en aquel cuerpo pudiera entrar un sólo gramo más de comida.
—Nueces con nata con una buena ración de crema de chocolate y caramelo... por favor —pidió la mujer sin que pareciera del todo convencida de que su lista de peticiones llegaba al final. Una vez que lo tuvo en la mesa, dio buena cuenta del plato.
—Así que me dijo que trabajaba usted como modelo —comentó  el camarero cuando le entregaba la nota con la factura—. Ya me gustaría ver algún día el resultado de su trabajo —continuó, en actitud interesada.
—Algún día, pronto. Seguro que lo verá —afirmó ella antes de abandonar el local.
Poco después la mujer se dirigía al lugar donde desarrollaba su trabajo desde hacía algunos días. Una vez dentro del estudio, preguntó con su voz suave:
—¿Me desnudo ya, señor?
—Cuando estés lista, René —contestó el maestro Botero.

Imagen: Pablo Picasso "El pintor y la modelo" (1963)

martes, 13 de octubre de 2009

De lirios



Aspiré lo último que quedaba de aquel cigarrillo compartido. El mundo ya no sería igual.
Mientras caminaba a algún lugar que no recuerdo, vi al arco iris proteger, como si fuera una bufanda, a una iglesia abandonada. Los ríos me hablaban pidiéndome que naufragara en ellos. Las casas de la ciudad se levantaban iluminadas ante mí, en esa noche oscura que todo se lo comía. Los cuervos dormían mirándome y me preguntaban si podían sacarme los ojos, pero yo no les hacía caso.
Finalmente, llegué a ningún lado, me recosté y juré que nunca más volvería a estar cuerdo. Déjenme aquí, con mi sonrisa, hablándole a estas flores.

Imagen: Flower Power

lunes, 12 de octubre de 2009

Una cierta evolución



  1. Decidido a escapar de mi condición de personaje secundario, esperé a que se durmiera para reescribir algunas palabras.
  2. Envalentonado por mi nueva condición de protagonista, decidí continuar y, cuando me di cuenta, la historia era otra por completo.
  3. De pronto me di cuenta que entre el eco de las líneas vacías, escuchaba mi propia voz y supe que me había vuelto también el narrador.
  4. Confundido y tembloroso, interrumpí un momento el relato para cerciorarme de que, allá afuera, aún dormía.
  5. Había ido demasiado lejos, pero sólo avanzar parecía posible ahora que era un flagrante usurpador a punto de ser sorprendido y reescrito.
  6. No lo pensé más, lo borré todo y comencé de cero, esta vez mi rol sería sólo el del autor que duerme mientras un personaje se rebela.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Biblioteca animada



Cuando los personajes de las novelas de la biblioteca tomaron vida, mi casa se convirtió en un auténtico teatro. Cada uno declamaba sus diálogos sin apercibirse de que los demás hacían lo mismo. Cientos de voces se entremezclaban y resultaba totalmente insoportable.
Eso ocurrió durante semanas, hasta que al fin fueron acabando sus intervenciones. Entonces permanecieron callados. Ocupaban bastante espacio y era algo incómodo compartirlo con ellos, pero terminamos por organizarnos bien.
Los verdaderos problemas comenzaron cuando el resto de los libros comenzaron a animarse. De los de arte chorreaban pinturas y caían piedras. Los de botánica echaban raíces difíciles de eliminar. Los de aritmética recitaban tablas y los de química desprendían un desagradable olor a reacciones sulfurosas.
Pese a todo, lo peor estaba aún por llegar. Entonces le tocó el turno a las enciclopedias. Nunca antes me había puesto a pensar las de cosas catastróficas que contienen en su interior.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Vacíos



Discutieron y regresaba a casa sin dejarse acompañar por él. Era de noche y había bebido mucho, tanto como para descoordinar sus movimientos y sus ideas.
De repente y de manera estúpida, al pasar por encima de la playa, subió y echó a correr sobre la balaustrada baja de granito, no más ancha que tres palmos. Abajo, a más de quince metros, una orilla de piedras y cantos de río reflejaba brillos en una noche de poca luna. Tropezó y cayó al vacío. Hacia adentro, por puro azar.
Al día siguiente despertó con un enorme dolor de cabeza. Sentía vértigo, un vértigo que no curó ni el paso del tiempo, ni las visitas al médico. La sensación de que caía hacia afuera, borracha y fuera de control, le iba a durar ya para siempre.

Imagen: V. Ivanovski, vía 2001photo.com

jueves, 10 de septiembre de 2009

Aturdido



El reloj de la habitación empezó la cuenta regresiva por cuarta vez. Guillermo abre los ojos, mira al techo que conoce de memoria y, con la resaca de quien sufre una noche trágica, emite un quejido. Copia exacta del de ayer, del de antes de ayer.

Allí está todo igual, nada cambia. El mismo día, la misma tortura, las mismos rostros y brazos que salen de las paredes y tratan de espantarlo todo, de tocarlo todo, de romperlo todo. Paredes de algodón, con sus fantasmas, con sus demonios. Váyanse todos al carajo. No hay forma de salir de ahí, Guillermo está atrapado en un espacio sin puertas ni ventanas. Está totalmente solo con esos seres que lo martirizan, doblándolo, insultándolo, amenazándolo.

Guillermo suda, gime, grita, no puede levantarse. Así pasan las segundos, los minutos, como golpes asesinos en sus sienes. La noche, con su oscuridad, se lo come entero.

El reloj empieza la cuenta regresiva por quinta vez en la clínica de rehabilitación.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Bajo las aguas



Para construir aquella enorme presa tuvieron que inundar lo que había sido un pueblecito próspero, no demasiado poblado pero con todo lo que tiene que tener un pueblo: un horno de pan, un molino de aceite, la taberna, la iglesia y la tienda donde se vendía cualquier cosa.
El estado los indemnizó por la pérdida de sus bienes sumergidos. Pero el sentimiento que los unía a su pueblo iba más allá de lo económico: vivir allí lo era todo para sus habitantes.
Con el tiempo, los vecinos compraron escafandras y bombonas de oxígeno para volver a sus casas. Incluso el cura aprendió a dar la misa bajo el agua y el molinero a prensar el aceite. Cuentan que lo más difícil fue mantener encendido el horno de leña.

martes, 1 de septiembre de 2009

El chirimiri del ángel


Imagen: El ángel herido, de Hugo Simberg

Se cuenta que un niño capturó con liria un ángel de leche, que más que alas tenía incipientes plumones en su espalda. Éste yacía moribundo del titánico esfuerzo por liberarse de la mortal trampa de pegamento. El niño, al verlo, quedó avergonzado y arrepentido. Lo soltó con delicadeza, cicatrizó sus heridas, le dio agua fresca de una fuente y lo llevó hasta una loma cercana donde con paciencia lo instruyó para que recuperara las fuerzas necesarias para poder volar con sus aún inexpertas y níveas alas. No fue tarea fácil. Al cabo de varios días, el ángel restablecido le agradeció al niño su empeño. Con lágrimas (ese día, a pesar de ser verano, llovió suavemente sobre la aldea) se marchó volando una mañana. Desde entonces todos los niños —incluso los más crueles— poseen su ángel de la guardia. Desde entonces una fina lluvia cae cada once de Agosto sobre la aldea. Los del lugar la llaman el chirimiri del ángel. Ese día todos los niños lo celebran soltando jilgueros en la plaza del pueblo.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sufijos discrepantes



Quise escribir la historia de un tipejo delgaducho que vivía en un pueblecito. Cada día iba a su trabajo montado en un borriquillo. Su empleo consistía en manejar una prensa de aceituna. A veces llevaba de vuelta a casa unas garrafitas de aceite en los capazos de su borriquito. Con el aceite y una hogaza de pan alimentaba a sus chicuelos.
La historia prometía, pues tenía pensadas muchas anécdotas para ese señor.
Sin embargo, a él no le gustó el principio de mi relato. No se sentía bien como tipejo delgaducho, y pretendía ser un tipo delgadito. Entonces ya me obligaba a hacerlo vivir en un pueblucho e ir a su trabajo montado en un borricuelo para alimentar a sus chiquitos. Hasta ahí no existía mayor problema, pero no hubo manera de que llevara el aceite en unas garrafejas, porque el cuento quedaba muy feo y se estropeaba.
Así pues, dejé de escribirlo.